El patito feo
El patito feo —¡Oh, qué grande es el mundo! —dijeron los patitos. Y ciertamente disponÃan de un espacio mayor que el que tenÃan dentro del huevo.
—¿Creen acaso que esto es el mundo entero? —preguntó la pata—. Pues sepan que se extiende mucho más allá del jardÃn, hasta el prado mismo del pastor, aunque yo nunca me he alejado tanto. Bueno, espero que ya estén todos —agregó, levantándose del nido—. ¡Ah, pero si todavÃa falta el más grande! ¿Cuánto tardará aún? No puedo entretenerme con él mucho tiempo.
Y fue a sentarse de nuevo en su sitio.
—¡Vaya, vaya! ¿Cómo anda eso? —preguntó una pata vieja que venÃa de visita.
—Ya no queda más que este huevo, pero tarda tanto… —dijo la pata echada—. No hay forma de que rompa. Pero fÃjate en los otros, y dime si no son los patitos más lindos que se hayan visto nunca. Todos se parecen a su padre, el muy bandido. ¿Por qué no vendrá a verme?
—Déjame echar un vistazo a ese huevo que no acaba de romper —dijo la anciana—. Te apuesto a que es un huevo de pava. Asà fue como me engatusaron cierta vez a mÃ. ¡El trabajo que me dieron aquellos pavitos! ¡ImagÃnate! Le tenÃan miedo al agua y no habÃa forma de hacerlos entrar en ella. Yo graznaba y los picoteaba, pero de nada me servÃa… Pero, vamos a ver ese huevo…
