La clave de las llaves
La clave de las llaves Ángel Esquius, detective en una agencia algo mediocre, llevaba semanas sin un caso relevante. La rutina había hecho mella en él: días monótonos, pequeños encargos sin emoción, y un jefe déspota que lo trataba más como peón que como investigador. Entonces, una mujer peculiar irrumpió en la oficina y, con ella, un misterio que lo atraparía.
Biosca, el jefe, observó a la mujer desdeñosamente. Maruja era bajita, con gafas gruesas de “culo de vaso”, bata de flores sobre un jersey gastado y zapatillas de felpa. Todo en ella gritaba modestia. Para Biosca, no era más que otra asistenta mal arreglada, así que sin más, le indicó la escoba. “Ahí tienes. Empieza por los lavabos”. Pero Maruja, temblando de humildad, no discutió. Se quedó junto a la fregona, hasta que Esquius intervino.
“¿Usted viene por algo en especial, señora?”
“Oh, sí, claro. Perdón por molestar”, murmuró. Sacó una foto arrugada y se la mostró. “Mi hija… mi María…”. En la imagen, Mary Borromeo aparecía posando como una diva, joven y hermosa, pero había algo inquietante en sus ojos. “Era… era una chica trabajadora, ¿sabe? Trabajaba para Lady Sophie. Es una señora muy formal, con una empresa de lujo. Pero… a mi nena la mataron. Y no hay justicia para ella”.
