Amor efímero
Amor efímero
Francisco caminó con el ramo de flores, y aunque no estaba en edad para esas cosas, dirigió su mirada a la puerta de Elisa. ¡Y justo en Navidades!
–Feliz Navidad, don Francisco –le gritó de enfrente Carmen, la más cotilla del barrio. Francisco sabía que detrás de ese gesto aparentemente bienintencionado estaba la mirada inquisidora de la mujer para saber el destino de ese ramo de flores.
Saludó con la cabeza sin dar demasiada importancia, dejándola atrás con su escoba cotidiana y la mirada interrogante. Miró una vez más la solapa de la chaqueta que tuviera bien arreglada y, no sin pocos nervios de adolescente, adolescente de setenta y pico, se parapetó frente a la entrada de la casa de Elisa, mientras se acomodaba su cabello cano. Antes estiró su cuello para ver por la ventana. Estaba abierta, observó la silueta apacible de una mujer mayor. Estaba en el medio de la sala, sola, de pie, sin hacer nada, como esperándole. Tocó a la puerta con los nudillos, como se hacía antes cuando los timbres eran unos artefactos de unos pocos. La mujer salió disparada hacia la entrada y abrió la puerta. Se encontró con el hombre aquel de la miraba extraña.
–¿Sí? –dijo con una sonrisa diplomática.
–Hola, Elisa, esto es para ti –y estiró el enorme ramillete victorioso. –¡Feliz Navidad!
