Quédate conmigo...
Quédate conmigo... El mensaje de texto llegó poco antes de la medianoche: "Nos vemos en el parque de la esquina, 10 p.m." Era de Jack. La brevedad de sus palabras lo hacía todo más inquietante, pero Kate sabía que no podía ignorarlo. Había algo en ese hombre que la atraía, como si él tuviera respuestas a preguntas que ella aún no se había atrevido a formular.
Cuando llegó al parque, la luz tenue de las farolas proyectaba sombras alargadas sobre los bancos vacíos. Jack estaba ahí, de pie junto a una fuente seca, con las manos en los bolsillos de su chaqueta.
—No pensé que vendrías —dijo él, pero en su tono había más certeza que sorpresa.
—Yo tampoco —respondió Kate, cruzándose de brazos para protegerse del frío y, tal vez, de su propia incertidumbre.
Jack inclinó la cabeza, estudiándola por un momento que se sintió eterno.
—¿Por qué bailas? —preguntó finalmente.
La pregunta la tomó desprevenida.
—¿Qué quieres decir?
—Podrías hacer cualquier otra cosa. Pero eliges bailar en un lugar como ese. ¿Por qué?
