Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai ¡Y sonriendo entregaron sus almas al olvido! Cuando la muerte implicaba un asunto de honor, el bushido la aceptaba como una clave para solucionar muchos problemas complejos. Así que, para un samurái ambicioso, despedirse de la vida de un modo natural parecía algo insulso y una culminación no deseada. Me atrevo a decir que muchos buenos cristianos, si son lo bastante sinceros, confesarán la fascinación, si no la admiración positiva, hacia la noble serenidad con que Catón, Bruto, Petronio[286] y muchas otras figuras loables de la antigüedad acabaron con su terrenal existencia. ¿Es demasiado osado sugerir que la muerte del primero de los filósofos fue en parte suicida[287]? Cuando sus pupilos describen tan minuciosamente cómo su maestro se sometió voluntariamente al mandato del Estado, sabiendo que era moralmente erróneo, a pesar de la posibilidad de huir, y que tomó la copa de cicuta en su mano, ofreciéndose a beber su contenido mortal, ¿no distinguimos en el procedimiento y la conducta, un acto de autoinmolación? No hubo coerción física, como en los casos de ejecución ordinarios. Cierto, el veredicto de los jueces era de obligado cumplimiento; decía: «Debe morir, y por su propia mano». Si el suicidio no es más que morir por la propia mano, Sócrates fue un caso claro de suicida. Pero nadie le acusaría de ese crimen. Platón, que se oponía a ello, no hablaría de su maestro como un suicida.