Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai Como es natural, la glorificación del seppuku ofrecía una considerable tentación de cometerlo injustificadamente. Por causas totalmente incompatibles con la razón, o por razones que no merecen la muerte, jóvenes exaltados se apresuraron a ello como las moscas a la miel; motivos confusos y dudosos llevaron a más samuráis a este hecho que monjas a las puertas de los conventos. La vida carecía de valor, según el estándar de honor. Lo más triste era que el honor, que se basaba en el agio[291], por así decirlo, no siempre era oro macizo, sino que tenía aleaciones de metales menos preciosos. Ningún círculo del Infierno presumirá de una mayor densidad de población japonesa que el séptimo, ¡al que Dante consigna todas las víctimas de la autodestrucción[292]!
Y, sin embargo, para un auténtico samurái precipitar la muerte o cortejarla constituía una cobardía parecida. Un típico guerrero, cuando perdía batalla tras batalla y le perseguían desde la llanura hasta la colina, y desde el monte hasta las cuevas, vagaba hambriento y solo, con su espada roma por el uso, su arco roto y sin flechas —¿el más noble de los romanos no cayó por su propia espada en Filipos en tales circunstancias?—,[293] acaso no consideraba cobardemente morir, pero, con una entereza cercana a la del mártir cristiano, se animaba con un verso improvisado:
¡Venid! ¡Venid para siempre,