Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai Los grandes estadistas, que llevaron el timón de nuestro Estado a través del huracán de la Restauración y el torbellino de la regeneración nacional, eran hombres que no conocían otra enseñanza moral que los Preceptos de la Caballería. Algunos escritores[382] han intentado demostrar, recientemente, que los misioneros cristianos contribuyeron de forma significativa a la creación del Nuevo Japón. Me gustaría rendir honores a quién se deban honores, pero este honor difícilmente puede concederse a los buenos misioneros. Sería más apropiado para su profesión atenerse al mandato bíblico de preferir honrarse los unos a los otros, que presentar una afirmación que carece de pruebas que la respalde. Por mi parte, creo que los misioneros cristianos están haciendo grandes cosas por Japón —en el ámbito de la educación, y en particular de la educación moral— solo que la obra misteriosa del Espíritu, aunque no menos cierta, sigue oculta en el secreto divino. Lo que sea que hagan sigue teniendo una repercusión indirecta. Hasta ahora, las misiones cristianas han tenido poco que ver con forjar el carácter del Nuevo Japón. Fue el bushido, simple y llanamente, el que nos exhortó para bien o para mal. Si abrimos las biografías de los fundadores del Japón moderno —de Sakuma, Saigo, Okubo, Kido[383], por no hablar de los recuerdos de hombres vivos como Ito, Okuma, Itagaki, etc.— descubriremos que pensaron y obraron conforme al impulso de la naturaleza samurái. Cuando Henry Norman afirmó, tras estudiar y observar el Lejano Oriente, que el único aspecto en el cual Japón difería de otros despotismos orientales radicaba en «la dominante influencia entre su gente de los códigos de honor más estrictos, nobles y puntillosos que el hombre haya concebido jamás», aludió al resorte principal que ha hecho del Nuevo Japón lo que es, y que lo convertirá en el país que está destinado a ser[384].