Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai Si la historia puede enseñarnos algo es que, el Estado erigido sobre virtudes marciales —ya sea una ciudad como Esparta o un imperio como el romano— nunca podrá disponer en la Tierra de una «ciudad permanente»[400]. A pesar de que el instinto de lucha del hombre es universal y natural y que ha resultado ser fructÃfero en sentimientos nobles y virtudes varoniles, no comprende al hombre en su totalidad. Debajo del instinto de luchar se oculta un instinto más divino: el de amar. Hemos visto que el sintoÃsmo, Mencio, y Wan Yang Ming, lo han enseñado claramente; pero el bushido y todos los demás tipos de ética militar, absortos, sin duda, en cuestiones de necesidad práctica urgente, demasiado a menudo se olvidaron oportunamente de insistir en este hecho. Últimamente, la vida se ha ensanchado. Hoy dÃa, llamadas más nobles y más globales que las de un guerrero reclaman nuestra atención. Con una visión de la vida más ampliada, con el desarrollo de la democracia, con un mejor conocimiento de otros pueblos y naciones, la idea confuciana de la benevolencia —¿deberÃa atreverme también a añadir la idea budista de la compasión?— se extenderÃa al concepto cristiano de amor. Los hombres se han convertido en más que súbditos, han alcanzado el estado de ciudadanos; mejor dicho, son más que ciudadanos, son hombres. Aunque las nubes de guerra se ciernen sobre el horizonte, confiaremos en que las alas del ángel de la paz puedan disiparlas. La historia del mundo confirma la profecÃa de que «los humildes heredarán la Tierra»[401]. Una nación que vende su derecho inalienable a la paz y retrocede desde la primera lÃnea de la industrialización a las filas del filibusterismo[402], ¡sin duda, hace un mal negocio!