Bushido, el código samurai

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La caballería era poco rentable: se vanagloriaba de la penuria. Se afirma, con Ventidius, que «la ambición, virtud del soldado, prefiere las pérdidas a las ganancias que la oscurecen»[239]. Don Quijote[240] se enorgullece más de su lanza oxidada y su caballo famélico que del oro y las tierras, y un samurái se mostraría en cordial sintonía con su exagerado confrère de La Mancha[241]. Desdeña el dinero en sí mismo, y el arte de obtenerlo o acumularlo. Para él es un lucro verdaderamente inmundo. La expresión manida para describir la decadencia de una época era que «la población civil amaba el dinero y los soldados temían la muerte»[242]. La avaricia de oro y de vida generaba la misma desaprobación como alabanzas su uso generoso. «Los hombres —reza un conocido precepto—, deben envidiar menos que nada el dinero: es la riqueza lo que lastra la sabiduría». Por consiguiente, se educó a los niños en un total desconocimiento de la economía. Se consideraba de mala educación hablar de ello, y el hecho de desconocer el valor de las distintas monedas se consideraba un rasgo de buena crianza. Saber de números era indispensable para reclutar tropas y para la distribución de bienes y tierras; pero la contabilidad se dejó en otras manos más indicadas. En muchos feudos, las finanzas públicas eran administradas por una clase más baja de samuráis o sacerdotes. Cualquier bushi instruido sabía de sobra que el dinero constituía el nervio de la guerra[243]; pero no pensaba en elevar la estimación del dinero a la categoría de virtud. Es cierto que el bushido imponía la sobriedad, pero no tanto por motivos económicos, sino como práctica de la abstinencia. El lujo se consideraba la mayor amenaza a la hombría, y a la clase guerrera se le exigía vivir con la máxima simplicidad, y en muchos clanes se hacían cumplir leyes suntuarias[244].


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