Cantar de mío Cid
Cantar de mío Cid Trato de Martín Antolínez con los judíos.
Éstos van a la tienda del Cid.
Cargan con las arcas de arena.
A los judíos encuentra cuando estaban ocupados en contar esas riquezas que entre los dos se ganaron.
Les saluda el burgalés, muy atento y muy taimado:
“¿Cómo estáis, Raquel y Vidas, amigos míos tan caros?
En secreto yo querría hablar con los dos un rato”.
No le hicieron esperar; en un rincón se apartaron.
“Mis buenos Raquel y Vidas, vengan, vengan esas manos, guardadme bien el secreto, sea a moro o a cristiano, que os tengo que hacer ricos y nada habrá de faltaros.
De cobrar parias a moros el rey al Cid le ha encargado, grandes riquezas cogió, y caudales muy preciados, pero luego se quedó con lo que valía algo, y por eso se ve ahora de tanto mal acusado.
En dos arcas muy repletas tiene oro fino guardado.
Ya sabéis que don Alfonso de nuestra tierra le ha echado, aquí se deja heredades, y sus casas y palacios, no puede llevar las arcas, que le costaría caro, el Campeador querría dejarlas en vuestras manos empeñadas, y que, en cambio, les deis dinero prestado.