Cuentos de hadas Rusos
Cuentos de hadas Rusos Pero pasó el tiempo y con él la melancolía. La vida del hombre es variada como un tapiz bordado de flores oscuras y encendidas. El tiempo siguió andando y a su tiempo nació otro hijo del Zar, pero no mujer, sino varón, y el Zar Umnaya Golova se regocijó grandemente. Llamó a su hijo, Iván y lo rodeó de criados, de maestros, de sabios y de valientes guerreros. Y el Zarevitz Iván crecía, crecía como crece la masa bien batida cuando se le pone buena levadura. Se le veía crecer de día en día y hasta de hora en hora, y llegó a ser pronto un mozo de extraordinaria belleza y apostura. Sólo una cosa oprimía el corazón de su padre el Zar. El Zarevitz Iván era bueno y hermoso, pero no tenía valor heroico ni demostraba aficiones belicosas. A sus compañeros ni les cortaba la cabeza ni les quebraba los brazos y piernas, no gustaba de jugar con lanzas ni con armas damasquinas ni espadas de templado acero; no pasaba revista a sus formidables batallones ni mantenía conversación con los generales. Bueno y hermoso era el Zarevitz. Admiraba a todo el mundo con su sabiduría y su ingenio, pero no más se complacía en tocar el arpa que no necesitaba arpista. Y de tal manera tocaba el Zarevitz Iván, que, al escucharlo, todo el mundo olvidaba todo lo demás. Apenas ponía los dedos en las cuerdas, sacaban éstas tales sonidos, que el auditorio quedaba como embelesado por la melodía y aun los cojos se echaban a bailar de gozo. Eran canciones maravillosas, pero no colmaban el tesoro del Zar ni defendían sus dominios ni destruían a sus enemigos.