Cuentos de hadas Rusos
Cuentos de hadas Rusos La princesita crecía de día en día. Cada mañana se despertaba al salirse el sol y se lavaba con el rocío. Suaves brisas la refrescaban y peinaban en hermosas trenzas sus cabellos. Los árboles la adormecían con su dulce arrullo y las estrellas velaban su sueño por la noche. Los cisnes la vestían con su blando plumaje y las abejas la alimentaban con su miel. La belleza de la princesa aumentaba a medida que crecía. Su frente era serena y pura como la luna, sus labios encarnados corno un capullo, y tan elocuentes que sonaban como una sarta de perlas. Pero su incomparable belleza estaba en sus ojos, pues cuando miraban con bondad parecía que uno flotase en un mar de delicias, cuando con enojo, se quedaba uno paralizado de miedo y convertido en un témpano de hielo. Sus doce compañeras la servían y eran casi tan encantadoras como su amita, a la que profesaban un gran amor.
La fama de la bella Princesa Sudolisu se extendió pronto por todo el mundo y de todos partes llegaba gente a verla, de modo que ya no fue aquella una isla desierta sino una ciudad magnífica y populosa.