El carnicero de Sarospatak
El carnicero de Sarospatak —Lea, no sé cómo ha conseguido esto y le dirÃa que no me importa. Lo único que importa es que no podemos comprobar que haya entrevistado a Martin Bormann, pero si no lo era; o lo conoció o sabe sobre él muchÃsimo más que nosotros. Yo dirÃa en realidad que tenemos tres hipótesis, no dos. La primera, el tipo era Bormann. La segunda, era un alemán que lo conoció muy pero muy bien. La tercera, que nos hayan plantado un falso Bormann, alguien, no sé, para conseguir algún objetivo que hoy no tengo para nada en claro. En realidad, para cualquiera de las tres hipótesis no se me ocurre por qué lo hicieron. Se arriesgaron mucho, y usted también.
Lea lo miraba asombrado. El viejo Ari, el viejito que diariamente llegaba con su diario bajo el brazo, ocupaba su escritorio, tipiaba algunas escuetas notas costumbristas judÃas y fumaba moderadamente bebiendo humeante café, emergÃa con un análisis polÃtico de madurez insospechada. ¿Quién era Ari?
—Ari, ¿por qué me dice que, o era Bormann o sabÃa mucho sobre él? —preguntó una inquieta Lea.
—Muchacha, porque casi todo lo que dice es verdad, por lo menos en lo referente a la preparación de las efectivos paramilitares sionistas en Alemania e Italia.
—¡Pero Ari! —exclamó Sergio. —¡Años y años de conocerte y ¿ahora me vengo a enterar que fuiste entrenado por los alemanes!?