El carnicero de Sarospatak

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Saludó cordialmente a todo aquel que se le cruzó en el camino a su oficina como hacía habitualmente, y se dispuso a beber un humeante café hojeando con poco interés los diarios, excepto aquellos que le traían las noticias económicas locales que le preocupaban en demasía. La inflación hacía estragos, la deuda externa pendía como la espada de Damocles sobre una economía que se paralizaba y se agudizaban los conflictos con la dirigencia sindical, que respondía con paros totales a la falta de soluciones económicas, que por otra parte ellos tampoco tenían.

El café comenzó a derramarse lentamente sobre la sección política del diario La Nación. Guillermo no se dio cuenta hasta que el líquido comenzó a mojar su pantalón. Sin dejar de mirar el diario, absorto, sorprendido, apoyó la taza sobre el plato. Se recostó sobre el respaldo de su sillón colocando sus manos por detrás de su cabeza. Dio vuelta el mismo y quedó mirando hacia el infinito de cara al inmenso ventanal que le devolvía la vista del ocre Río de la Plata. Recordó a su padre, cubrió con sus manos su rostro y lloró.

* * *

Lea Rubín se dirigió como lo hacía cotidianamente hacia la redacción del diario «Estrella Azul», importante medio de expresión del ala izquierda de la comunidad judía de Buenos Aires.


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