Historia de Lanzarote del Lago

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—Os lo diré. No hace aún tres días que yo y un caballero del reino de Logres habíamos estado juntos durante todo el día sin beber ni comer, y salimos al lindero de este bosque, donde descabalgamos para descansar bajo un pino: nos quitamos los yelmos y bajamos las ventanas, nos tumbamos a la sombra, sobre la verde hierba, y, cuando íbamos a dormirnos, vimos venir un jabalí perseguido por cuatro lebreles; tras él venía también un arquero que llevaba un arco en la mano y la saeta empulgada para disparar. Cuando el jabalí estaba cerca de nosotros, el arquero dejó volar la flecha e hirió en el cuerpo al caballero que estaba conmigo; éste, al sentirse herido, se dio cuenta de que la herida mortal; se incorporó y apuntó con la lanza al que le había herido, dándole tal golpe que le metió en el cuerpo la punta y el asta y lo derribó al suelo. Acudió corriendo un caballero que era su señor; preguntó quién le había dado muerte a su arquero y mi compañero dijo que había sido él; el otro desenvainó la espada de inmediato y le cortó la cabeza por la muerte de su servidor. Sentí esta aventura, pues la vergüenza que había recibido yo era grande: fui a atacar al otro caballero, que se marchó tan rápidamente como pudo su caballo. Al ver esto, tomé mis armas y monté, después de haber colocado sobre el cuello de mi caballo al caballero muerto, al que llevé a una casa de religión para enterrarlo. Luego, me marché y juré que no dejaría de cabalgar hasta haber encontrado al caballero que me había causado tal vergüenza, matando a mi compañero delante de mí. Esta misma mañana lo encontré delante de una fortificación, armado con todas las armas salvo el yelmo. Como estaba desarmado, lo desafié y le ataqué de inmediato; combatimos hasta que lo vencí y le di muerte con mis manos: él era el caballero al que habéis visto muerto en la iglesia. Cuando el anciano, que era su padre, vio que le había dado muerte a su hijo, envió tras mí a diez caballeros armados, que me apresaron y me traían tal como visteis, y me hubieran dado la muerte si vos no hubierais estado allí; pero gracias a Dios y a vos, no han podido hacerlo. Ya os he contado mi aventura tal como ocurrió. Ahora querría saber, si no os molesta, por qué motivo habéis venido aquí.


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