Historia de Lanzarote del Lago

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Los que estaban en las ventanas de la parte de arriba del castillo y en las tribunas dicen que el caballero de rojo, el que lleva el escudo rojo con león blanco es el que vence en todo; mi señor Galván lo oye en un momento que había ido a airearse fuera del torneo: un criado le dice que hay allí un caballero, el mejor de cuantos se han visto, pues él sólo ha sido capaz de derrotar a la gente del conde y gracias a él se han recuperado los hombres del rey que hasta entonces estaban tan vencidos que faltaba poco para la derrota total. Cuando mi señor Galván oye estas palabras, se pregunta admirado quién puede ser; se vuelve a atar rápidamente el yelmo y toma la lanza más fuerte que encuentra, dirigiéndose a las hileras para combatir con el caballero rojo que volvía de tomar una lanza. Apenas se ven, se dirigen el uno hacia el otro: los caballeros eran fuertes y rápidos y galopaban veloces. Los caballeros tenían gran fuerza y se golpearon con tal vigor en los escudos que las lanzas les vuelan hechas pedazos, pero ninguno de los dos cayó, sino que se mantuvieron fijos y se cruzaron el uno con el otro. Mi señor Galván siente no haber derribado al caballero y éste lo siente también cien veces más por no haber abatido a mi señor Galván; siente vergüenza y no sabe qué será de él. Los que han visto el choque dicen que los dos caballeros tienen gran valor. Mientras, ellos toman lanzas. Se dirigen de nuevo el uno hacia el otro por medio de las filas que les habían dejado libres; renuevan los golpes sobre los escudos, atravesándolos y atravesando las cotas con las cortantes lanzas, pero ninguno de los dos queda herido. Chocan con el cuerpo y con el rostro tan violentamente que el cerebro se les turba y apenas pueden mantenerse en los arzones; el caballero está menos afectado que mi señor Galván y vuelve del aturdimiento antes, toma una lanza gruesa, la más fuerte que encuentra. Mi señor Galván hace lo mismo, aunque sigue aturdido; pican espuelas el uno hacia el otro para justar por tercera vez, y se vuelven a golpear en los escudos; mi señor Galván quiebra su lanza; el caballero lo golpea con tanta fuerza que lo derriba del caballo boca arriba y pasa de largo, continuando en otro sitio con su combate; desenvaina la espada y se mete entre la gente del conde, llevándolos hasta delante de las tribunas en las que estaban apoyadas las damas y las doncellas. Cuando los lleva hasta allí, éstos se dan a la fuga, porque ya no pueden seguir resistiendo.


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