La busqueda del santo Grial

La busqueda del santo Grial

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Cuando Héctor vio a Galván a pie, retrocedió, porque se dio cuenta de que no tendría sentido esperar a aquel que sabe dar tales golpes y porque debe protegerlo y amarlo como a su sobrino.

Galaz sube y baja, y hace tantas hazañas en tan poco tiempo que los de dentro se recobran, pues estaban desconsolados; y no cesan de golpear y de derribar hasta que los de fuera son reducidos a escasa fuerza y huyen a donde piensan tener protección y él los persigue un gran rato y cuando ve que no volverán, se va tan silenciosamente que nadie sabe por dónde se ha ido, llevándose el premio de las dos partes y el galardón del torneo. Galván, que estaba angustiado por el golpe que se le había dado, y creyendo que no podría escapar, dice a Héctor, que está ante él:

—Por mi cabeza, ahora resultan ciertas las palabras que se me dijeron anteayer, el día de Pentecostés, cuando tomé la espada del escalón: que de ella recibiría tal golpe, antes de que hubiera pasado un año, que preferiría ser herido por un castillo; por mi cabeza, es ésta la espada, la del caballero que me ha herido y se puede decir que ha sucedido todo como fue prometido.

—Señor —pregunta Héctor—, ¿os ha herido entonces el Caballero tal como decís?

—Ciertamente —responde Galván—, sí; de tal forma que no puedo escapar sin peligro, si Dios no me ayuda.


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