La busqueda del santo Grial

La busqueda del santo Grial

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—Buen dulce señor, no sé si os volveré a ver. Os encomiendo al verdadero corazón de Jesucristo, que os mantenga en su servicio.

Entonces comienzan ambos a llorar. Nada más salir Galaz de la nave y al montar sobre el caballo, vino a ellos una voz que les dijo: «Cada uno piense ahora en hacer lo mejor, pues ya no os volveréis a ver hasta el gran día espantoso en que Nuestro Señor mostrará a cada cual sus faltas: será el día del Juicio». Cuando Lanzarote oye estas palabras, dice a Galaz llorando:

—Hijo, ya que me separo de ti para siempre, ruega al Alto Maestro por mí, que no me deje alejarme de su servicio, sino que me proteja de tal forma que sea su servidor terrenal y espiritual.

—Señor —responde Galaz—, ninguna oración vale tanto como la vuestra y por eso os lo recuerdo.

Al momento se separan el uno del otro. Galaz entra en el bosque; el viento sopla a la nave con tal fuerza y vigor que en poco tiempo alejó mucho a Lanzarote de la orilla.

Así se quedó Lanzarote completamente solo en la nave, con el cuerpo de la doncella. Erró más de un mes por el mar, de manera que dormía poco y velaba mucho, rogando a Nuestro Señor entre lloros con mucha amargura que le llevase a un lugar en el que pudiera ver alguna cosa del Santo Grial.


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