La canción de Rolando
La canción de Rolando —No he podido aún desenvainarla —respóndele Oliveros—, ¡tan ocupado me hallaba!
Mi SEÑOR Oliveros desnuda su buena espada, a instancias de su compañero Rolando y como noble caballero, le muestra el uso que de ella hace. Hiere a un infiel, Justino de Valherrado. En dos mitades le divide la cabeza, hendiendo el cuerpo y la acerada cota, la rica montura de oro en la que se engastan las piedras preciosas y aun el cuerpo del caballo, al que parte el espinazo. Jinete y corcel caen sin vida en el prado ante él. Y exclama Rolando:
—¡Ahora os reconozco, hermano! ¡Por golpes como ése nos quiere el emperador!
Por todas partes estalla el mismo grito:
EL CONDE GarÃn monta el caballo Sorel, y el de su compañero Gerer tiene por nombre Paso-de-Ciervo. Ambos sueltan las riendas, espolean a sus corceles y van a herir a un infiel, Timocel, el uno sobre el escudo y el otro sobre la coraza. Las dos picas se rompen en el cuerpo. Lo derriban muerto en un campo. ¿Cuál de los dos llegó antes? Nunca lo oà decir, y no lo sé.
El arzobispo TurpÃn ha matado a Siglorel, el hechicero que habÃa estado ya en los infiernos: merced a un sortilegio de Júpiter logro tal empresa.
—¡He aquà a uno que merecÃa morir por nuestra mano! —dice TurpÃn.
Y responde Rolando:
