La canción de Rolando
La canción de Rolando EL EMPERADOR manda tocar sus olifantes. Los franceses echan pie a tierra y se arman con sus cotas, sus yelmos y sus espadas recamadas de oro. Tienen escudos bien labrados, largas y fuertes picas y gonfalones blancos, rojos y azules. Todos los barones del ejército cabalgan en sus corceles y clavan espuelas durante el paso de los desfiladeros. Y van diciéndose los unos a los otros:
—Si cuando veamos a Rolando está aún con vida, ¡qué recios golpes daremos con él!
Mas ¿de qué sirven las palabras? Llegarán demasiado tarde.
AVANZA el día, resplandece la tarde. Las armaduras centellean bajo el sol. Fulguran las cotas y los yelmos, y los escudos que llevan flores pintadas, y las picas y los dorados gonfalones. El emperador cabalga invadido de cólera, y los franceses pesarosos e iracundos. Todos vierten doloroso llanto, todos sienten gran angustia por Rolando. El rey ha mandado prender al conde Ganelón y lo ha entregado a los cocineros de su corte. Llama a Besgón, el jefe de éstos y le dice:
—Guárdame bien a este felón: ha traicionado a mis mesnadas.
