La canción de Rolando
La canción de Rolando —¡Tú no eres de los nuestros, que yo sepa!
Tiene aún en la mano el olifante, que no ha querido soltar; con él golpea al infiel sobre su yelmo adornado con pedrerÃas y recamado de oro. Rompe el acero, el cráneo y los huesos, hace rodar fuera de la cabeza los dos ojos y ante sus pies lo derriba muerto. Después le dice:
—Infiel, hijo de siervo, ¿cómo tuviste bastante osadÃa para apoderarte de mÃ, fuera o no tu derecho? ¡Todo aquel que te lo oyera decir te tendrÃa por loco! He aquà quebrado el pabellón de mi olifante; el oro y el cristal se han desprendido.
ROLANDO siente que se le nubla la vista. Se incorpora, poniendo en ello todo su esfuerzo. Su rostro ha perdido el color. Tiene ante él una roca parda; da contra ella diez golpes, lleno de dolor y encono. Gime el acero, mas no se rompe ni se mella.
—¡Ah! —exclama el conde—. ¡Socórreme, Santa MarÃa! ¡Ah, Durandarte, mi buena Durandarte, lástima de vos! Voy a morir, y dejaréis de estar a mi cuidado. ¡He ganado por vos tantas batallas campales, por vos he conquistado tantos anchos territorios que ahora domina Carlos, el de la barba blanca! ¡No caeréis jamás en las manos de un hombre que ante su semejante pueda darse a la fuga! Durante largo tiempo pertenecisteis a un buen vasallo; jamás habrá espada que os valga en Francia, la Santa.
