La leyenda de Yurupary
La leyenda de Yurupary »Después de lo dicho, volvamos al pueblo, pero cada uno ponga atención a su propia cabeza; los Uancten-mascan, aunque invisibles, nos echarán tantas piedras, que será difícil que no quede alguien herido».
Diadue recibió una gran pedrada que dio con ella en tierra, desvanecida.
El payé y el tuixáua la condujeron a casa.
La paz del pueblo fue turbada toda la noche por rumores de gente invisible.
Diadue sanó con el tiempo, pero la herida le cambió completamente la cara.
Aquella faz que había sido el espejo de la belleza nunuiba, era horrible.
Y pocas lunas después, Diadue, habiendo ido a bañarse donde el agua se empoza al pie de la cascada, se espantó de su propia fealdad que se reflejaba en el agua, y desesperada se arrojó en los remolinos donde desapareció para siempre.
Yurupary tuvo noticias del triste fin de Ualri. Una mariposa negra se le posó en la mano y le dejó una gota de sangre caliente; él sintió que de pronto perdía el valor.
Estaba triste en aquel lugar, donde una penosa obligación de justicia lo había hecho castigar a su propia madre.
¿Qué había sucedido en las orillas del Aiarí?