La muerte del Rey Arturo
La muerte del Rey Arturo 200. En tal tristeza y duelo cabalgó durante toda la noche según le llevaba y traía la ventura, sin ir ninguna vez camino adelante. Por la mañana encontró una montaña de rocas en la que había una ermita, desconocida para la gente; tira de la brida hacia allí y decide ir a visitar aquel lugar, para saber quién vive en él; sube por un sendero hasta llegar al sitio, que era muy pobre, en el que había una pequeña capilla antigua. Descabalga a la entrada, se quita el yelmo y penetra: ante el altar halla dos hombres vestidos con hábitos blancos, parecían sacerdotes; y lo eran. Los saluda; cuando lo oyen hablar, le devuelven el saludo y cuando lo ven, corren a él con los brazos tendidos y le besan, mostrándole una gran alegría. Entonces les pregunta Lanzarote quiénes son y le responden: «¿No nos reconocéis?». Los contempla y ve que uno es el arzobispo de Canterbury, el mismo que fue desterrado largo tiempo por buscar la paz entre el rey Arturo y la reina; el otro era Bleoblerís, primo de Lanzarote. Entonces se alegra mucho y les pregunta: «Buenos señores, ¿cuándo vinisteis aquí? Me agrada mucho haberos encontrado». Le responden que llegaron el día doloroso en que tuvo lugar la batalla de Salisbury. «Os podemos decir que de todos, nuestros compañeros —que sepamos— sólo quedaron el rey Arturo, Girflete y Lucán el Copero, pero no sabemos qué fue de ellos. La ventura nos trajo aquí; encontramos un ermitaño que nos acogió a su lado; después, murió y nosotros nos hemos quedado; si Dios quiere, pasaremos el resto de nuestras vidas al servicio de Nuestro Señor Jesucristo y le suplicaremos que nos perdone los pecados. Y vos, señor, ¿qué vais a hacer, vos que habéis sido hasta aquí el mejor caballero del mundo? —Os diré, les contesta, lo que voy a hacer; habéis sido mis compañeros en los placeres del mundo; ahora os acompañaré en este lugar y en esta vida, y jamás mientras viva me moveré de aquí; si no me aceptáis, lo haré en otro sitio». Cuando lo oyen, se alegran mucho; de todo corazón dan gracias a Dios y tienden sus manos hacia el cielo. Así se quedó Lanzarote allí con los ermitaños.