La vida de Lazarillo de Tormes
La vida de Lazarillo de Tormes Solamente habÃa una horca de cebollas, y tras la llave, en una cámara en lo alto de la casa. De éstas tenÃa yo de ración una para cada cuatro dÃas, y, cuando le pedÃa la llave para ir por ella, si alguno estaba presente, echaba mano al falsopeto y con gran continencia la desataba y me la daba diciendo:
—Toma y vuélvela luego, y no hagáis sino golosinar.
Como si debajo de ella estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las cebollas colgadas de un clavo. Las cuales él tenÃa tan bien por cuenta, que, si por malos de mis pecados me desmandara a más de mi tasa, me costara caro. Finalmente, yo me finaba de hambre.
Pues ya que conmigo tenÃa poca caridad, consigo usaba más. Cinco blancas de carne era su ordinario para comer y cenar. Verdad es que partÃa conmigo del caldo, que de la carne ¡tan blanco el ojo!, sino un poco de pan, y ¡pluguiera a Dios que me demediara!
Los sábados cómense en esta tierra cabezas de carnero, y enviábame por una, que costaba tres maravedÃs. Aquélla le cocÃa, y comÃa los ojos y la lengua y el cogote y sesos y la carne que en las quijadas tenÃa, y dábame todos los huesos roÃdos, y dábamelos en el plato, diciendo: