La vida de Lazarillo de Tormes
La vida de Lazarillo de Tormes Desque fuimos entrados, quita de sobre sà su capa y, preguntando si tenÃa las manos limpias, la sacudimos y doblamos y, muy limpiamente soplando un poyo que allà estaba, la puso en él. Y hecho esto, sentóse cabo de ella, preguntándome muy por extenso de dónde era y cómo habÃa venido a aquella ciudad. Y yo le di más larga cuenta que quisiera, porque me parecÃa más conveniente hora de mandar poner la mesa y escudillar la olla que de lo que me pedÃa. Con todo eso, yo le satisfice de mi persona lo mejor que mentir supe, diciendo mis bienes y callando lo demás, porque me parecÃa no ser para en cámara. Esto hecho, estuvo asà un poco, y yo luego vi mala señal por ser ya casi las dos y no verle más aliento de comer que a un muerto. Después de esto, consideraba aquel tener cerrada la puerta con llave ni sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa. Todo lo que yo habÃa visto eran paredes, sin ver en ella silleta, ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arcaz como el de marras. Finalmente, ella parecÃa casa encantada. Estando asÃ, dÃjome:
—Tú, mozo, ¿has comido?
—No, señor —dije yo—, que aún no eran dadas las ocho cuando con Vuestra Merced encontré.
—Pues, aunque de mañana, yo habÃa almorzado, y, cuando asà como algo, hágote saber que hasta la noche me estoy asÃ. Por eso, pásate como pudieres, que después cenaremos.