Las mil y una noches segun Burton
Las mil y una noches segun Burton Sabe, oh Hasib, que hubo una vez en la ciudad de El Cairo un rey del Banu Isra’il, sabio y piadoso, que estaba encorvado por la mitad de tanto dedicarse a los libros del saber y que tenía un hijo llamado Bulukiya. Era ya viejo y débil y hallábase próximo a la muerte cuando sus nobles y lugartenientes llegáronse a él a rendirle pleitesía y les dijo: «Vosotros, los míos, sabed que está ya al caer la hora de mi partida de este mundo hacia el otro y que no tengo otro encargo que haceros salvo encomendar a vuestro cuidado a mi hijo Bulukiya». Y luego dijo: «¡Doy testimonio de que no hay más dios que el Dios!», y exhalando un suspiro abandonó este mundo, ¡la misericordia de Alá sea con él! Tendiéronle, le lavaron y le dieron sepultura con un cortejo de gran pompa. Invistieron luego sultán a su hijo Bulukiya en su lugar y gobernó el reino con justicia y el pueblo tuvo paz en su era. Ocurrió cierto día que Bulukiya se adentró por el lugar donde su padre guardaba sus tesoros, a fin de inspeccionarlo, y al hallar un compartimento interior y algo que parecía una puerta, la abrió y se metió por ella. Y he aquí que se encontró en un pequeño aposento que tenía una columna de mármol blanco en su centro, encima de la cual había un cofrecito de ébano; abrió este y encontró en su interior otro cofrecito de oro dentro del cual había un libro. Al leer el libro halló que era un relato de la vida de nuestro señor Mahoma (¡a quién Alá bendiga y guarde!) y de cómo sería enviado en el fin de los tiempos[113] y sería señor de los primeros profetas y de los últimos. Al leer la descripción de su persona, el corazón de Bulukiya fue presa de amor por Mahoma, de modo que convocó al instante a todos los notables de los Hijos de Israel, a los cohens o adivinos, los escribas y los sacerdotes y les dio a conocer lo que decía el libro, leyéndoles fragmentos de él, y añadió: «Oh mis buenas gentes, tengo que sacar a mi padre de su sepultura y quemarle». Los vasallos preguntaron: «¿Por qué quieres quemarle?», y él respondió: «Porque me ocultó este libro y no me lo dio a conocer». El anciano rey lo había extractado de los Torah o Pentateuco y de los libros de Abraham y lo había encerrado en su cámara del tesoro y ocultado a todo ser viviente. Los otros replicaron: «Oh rey, tu padre está muerto, su cuerpo está en el polvo y su destino está en las manos de su Señor. No le saques de su tumba». Supo de este modo que no le consentirían que hiciese aquello y tras despedirse de ellos presentóse a su madre y le dijo: «En una cámara del tesoro de mi padre he encontrado un libro que contiene una descripción de Mahoma (¡a quién Alá bendiga y guarde!), un profeta que será enviado al final de los tiempos y mi corazón ha quedado cautivo de amor por él. En consecuencia, he resuelto errar por la tierra hasta encontrarle; de no ser así, moriré del anhelo de su amor». Se despojó luego de sus vestiduras y se vistió con una túnica de piel de cabra y unas toscas sandalias y dijo: «Oh madre mía, no me olvides en tus oraciones». Derramó ella abundantes lágrimas sobre él y dijo: «¿Qué va a ser de nosotros sin ti?», pero Bulukiya respondió: «No puedo soportarlo por más tiempo y encomiendo mi destino y el tuyo en las manos de Alá que es Todopoderoso». Emprendió luego el camino a pie hasta Siria sin tener conocimiento alguno de sus gentes y llegado que hubo a la orilla del mar halló un bajel en el que se embarcó como tripulante. Navegaron hasta llegar a una isla en la que Bulukiya bajó a tierra junto con el resto de la tripulación, pero apartándose de los demás se sentó debajo de un árbol y el sueño hizo fácil presa en él. Al despertar buscó el barco pero se encontró con que se había hecho a la vela sin él y en la isla vio serpientes, tan grandes como camellos y palmeras, que repetían los nombres de Alá (¡enaltecido y ensalzado sea!) y del bienaventurado Mahoma (¡a quién el Señor bendiga y guarde!), proclamando la Unicidad y glorificando al Glorioso, ante lo cual quedó Bulukiya en extremo maravillado. Al verle, volviéronse todas en tropel hacia él y una de ellas le dijo: «¿Quién eres y de dónde vienes y a dónde vas y cómo te llamas?». Y él dijo: «Me llamo Bulukiya y soy de los hijos de Israel y habiendo sido arrebatado por el amor a Mahoma (¡a quién Alá bendiga y guarde!) voy en su busca. Pero, ¿quiénes sois vosotras, oh nobles criaturas?». Respondieron aquellas: «Somos habitantes del infierno Jahannam y Alá el Todopoderoso nos creó para castigo de los kafires». «¿Y cómo vinisteis a parar aquí?», preguntó Bulukiya, y le contestaron: «Sabe, oh Bulukiya, que el hervor del infierno[114] es de tal magnitud que respira dos veces al año, espirando en verano e inspirando en invierno, de aquí el calor del verano y el frío del invierno. Cuando exhala nos arroja de sus membranas y somos engullidos nuevamente cuando inhala». Bulukiya inquirió: «Decidme, ¿hay serpientes más grandes que vosotras en el infierno?», y le respondieron: «A decir verdad nosotras somos arrojadas con el aire espirado debido a nuestra pequeñez, pues en el infierno hay serpientes tan grandes que si la mayor de nosotras pasara por delante de sus narices ni lo notarían[115]. Y Bulukiya volvió a preguntar: «Vosotras cantáis las alabanzas de Alá e invocáis el nombre de Mahoma (¡a quién Alá bendiga y guarde!), ¿cómo habéis llegado a tener conocimiento de Mahoma?» Y la respuesta fue: «En verdad, oh Bulukiya, que su nombre está escrito en las puertas del Paraíso y, a no ser para él, Alá no hubiera creado los mundos[116] ni el Paraíso, ni el cielo ni el infierno ni la tierra, pues Alá creó todas las cosas que existen sólo a causa suya y ha unido su nombre al Suyo propio en todas partes. Por eso amamos a Mahoma, ¡a quién Alá bendiga y guarde!». Oír la plática de las serpientes no hizo sino inflamar aún más el amor de Bulukiya por Mahoma y anhelar más vivamente su visión, de modo que se despidió de ellas y se encaminó a la orilla del mar, en cuya ribera halló un barco anclado en la playa en el que se embarcó como marinero, y navegaron y navegaron sin pausa hasta llegar a otra isla. Allí bajaron a tierra y al cabo de un rato de andar encontraron serpientes grandes y pequeñas, en número incalculable por ser alguno salvo el Todopoderoso Alá, y entre ellas había una serpiente blanca, más diáfana que el cristal, sentada sobre una áurea bandeja a lomos de otra serpiente del tamaño de un elefante. Esta, oh Hasib, era la Reina de las Serpientes, no otra que yo. Hasib preguntó entonces: «¿Y cuál fue tu actitud hacia él?», y la reina dijo: «Sabe, oh Hasib, que al ver a Bulukiya le saludé con el salam y él me devolvió el saludo y luego le dije: ¿Quién y qué eres, qué peregrinar es el tuyo, de dónde vienes y a dónde vas?». Bulukiya me respondió: «Soy de los Hijos de Israel; mi nombre es Bulukiya y ando errante por el amor de Mahoma, cuya descripción he leído en las escrituras reveladas y voy en su busca. Pero, ¿quiénes sois tú y esas serpientes que te rodean?», y yo le contesté: «Oh, Bulukiya, soy la Reina de las Serpientes y cuando alcances a encontrarte con Mahoma (¡a quién Alá bendiga y guarde!) transmítele mi saludo». Luego Bulukiya se despidió de mí y prosiguió su camino hasta llegar a la Ciudad Santa, que es Jerusalén.
