Las mil y una noches segun Burton

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LA CIUDAD DE AZOFAR[136]

Cuéntase que antaño hubo, en épocas y años transcurridos hace mucho tiempo, en Damasco de Siria, un califa conocido como Abd al-Malik ben Marwan, quinto de la dinastía de los Omeyas. Cierto día en que hallábase este Comendador de los Creyentes sentado en su palacio conversando con sus reyes, sultanes y grandes de su imperio la charla recayó sobre las leyendas acerca de pueblos del pasado y las tradiciones en torno a nuestro señor Salomón, hijo de David (¡la paz sea con ambos!) y el señorío y dominio que el Todopoderoso Alá le había conferido sobre hombres, jinn, aves, bestias y reptiles y sobre el viento y otras cosas de la creación, y el califa dijo: «En verdad que hemos oído a aquellos que nos precedieron que el Señor (¡alabado y exaltado sea!) a nadie concedió algo parejo a lo que concedió a nuestro señor Salomón y que este alcanzó lo que ningún otro jamás alcanzó, pues solía encerrar jinnis y marids y demonios en cucúrbitas de cobre e impedirles la salida con plomo sellado[137] con su anillo». Dijo entonces Talib ben Sahl (que era buscador de tesoros y tenía libros que revelaban dónde había riquezas y fortunas ocultas bajo tierra): «Oh Comendador de los Creyentes, —¡Alá haga que tu imperio perdure y exalte tu dignidad ahora y siempre!—, mi padre me contó de mi abuelo que este en cierta ocasión fletó un barco en compañía de algunos más, con intención de dirigirse a la isla de Sikiliyah o Sicilia y navegaron hasta que se levantó un viento contrario que les desvió de su rumbo y, después de un mes, les llevó al pie de una gran montaña en uno de los dominios de Alá el Altísimo, pero ellos no sabían dónde se hallaban aquellas tierras». Mi abuelo lo contaba así: Aquello sucedió en medio de las tinieblas de la noche, pero tan pronto como se hizo de día vinieron hacia nosotros, saliendo de las cuevas de la montaña, unas gentes de color negro y cuerpo desnudo, como los animales salvajes, que no comprendían una sola palabra de cuanto les decíamos ni había quien supiera árabe, excepto su rey, que era de su misma traza. Al ver el barco, nos dio la bienvenida y nos preguntó por nuestras circunstancias y nuestra fe. Le informamos de todo lo concerniente a nosotros y él replicó: «Elevad vuestro ánimo, pues no sufriréis daño alguno». Cuando, a nuestra vez, le interrogamos acerca de su fe, descubrimos que allí cada uno pertenecía a algunos de los muchos credos existentes antes de la predicación del Islam y la misión de Mahoma, ¡a quien Alá bendiga y guarde! De modo que mis compañeros dijeron: «No sabemos de qué hablas», y el rey habló de esta manera: «Ningún hijo de Adán había llegado a nuestro país antes de vosotros, pero no temáis, sino más bien regocijaos, en la seguridad de vuestro bienestar y del retorno a vuestra patria». Nos agasajaron luego durante tres días, dándonos a comer carne de aves y animales silvestres, así como pescado, pues no tenían ninguna otra carne. Al cuarto día nos llevaron de vuelta a la playa para que pudiéramos solazarnos contemplando a los pescadores. Vimos allí a un hombre que echó las redes al mar y al instante tiró de ellas y he aquí que dentro había una retorta de cobre tapada con plomo y sellada con el cuño de Salomón, hijo de David, ¡la paz sea con ambos! Llevó la vasija a tierra y la destapó y al instante surgió de su interior una humareda que formando una espiral azul se elevó hasta el cénit y escuchamos una voz horrible que decía: ¡Me arrepiento, me arrepiento! ¡Perdón, oh profeta de Alá! ¡Nunca más volveré a hacer lo que hice! Luego la humareda se convirtió en un terrible gigante de horripilante aspecto, cuya cabeza se hallaba a la altura de las cimas de las montañas y se desvaneció ante nuestra vista, mientras nuestros corazones estaban a punto de saltársenos del pecho a causa del terror; los negros, en cambio, no mostraban la menor preocupación. Nos reunimos nuevamente con el rey y le interrogamos acerca de aquel fenómeno, a lo cual nos respondió: «Sabed que este era uno de los jinns a los que Salomón, hijo de David, furioso con ellos, encerró en esas vasijas y arrojó al mar, después de precintar las bocas con plomo derretido. Con frecuencia, nuestros pescadores, al echar las redes, extraen esos recipientes de los que, al abrirlos, salen los jinns, que, convencidos de que Salomón aún vive y puede perdonarles, hacen un acto de sumisión a él y dicen: ¡Me arrepiento, oh profeta de Alá!». Maravillado quedó el califa por la historia de Talib, y dijo: «¡Gloria a Dios! En verdad que un poderoso imperio le fue otorgado a Salomón». Hallábase presente Al-Nabhigah al-Zubyan[138], y dijo: «Talib ha hablado muy acertadamente, como queda probado por las palabras del Omnisciente, el Primero:


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