Las mil y una noches segun Galland

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A estas palabras, el mago africano se lanzó al cuello de Aladino, lo abrazó y lo besó varias veces con las lágrimas en los ojos, acompañadas de suspiros. Aladino, notando sus lágrimas, le preguntó qué motivo tenía para llorar. «¡Ah, hijo mío!», exclamó el mago africano, «¿cómo podría dejar de hacerlo? Soy tu tío, y tu padre era mi buen hermano. Hace ya muchos años que estoy de viaje, y, en el momento en que llego aquí con la esperanza de volverlo a ver y darle la alegría de mi regreso, me dices tú que ha muerto. Te aseguro que es un dolor muy notable para mí el verme privado del consuelo con que contaba. Pero lo que alivia un poco mi aflicción es que, al menos en lo que soy capaz de recordar, reconozco sus rasgos en tu rostro, y veo que no me he equivocado dirigiéndome a ti.» Preguntó a Aladino, al tiempo que introducía la mano en la bolsa, dónde vivía su madre. Aladino satisfizo inmediatamente su pregunta, y el mago africano le dio un puñado de calderilla, diciéndole: «Hijo mío, ve a casa de tu madre, preséntale mis respetos y dile que iré a verla mañana, si el tiempo me lo permite, para brindarme el consuelo de ver el lugar donde mi buen hermano ha vivido tanto tiempo y donde ha terminado sus días.»




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