Las ultimas cartas de Stalingrado
Las ultimas cartas de Stalingrado Pero, querido joven, aquéllos eran otros tiempos. Gneisenau tendría que haber oído el despliegue de las fuerzas, en orden abierto de guerrillas, y el disparar de 200 cañones a un kilómetro de distancia. Pero no sólo él, tú también deberías oírlo y, en tal caso, no tendrías tanta prisa en «ir hacia delante». No quiero restar un ápice de tu fe en tu valentía personal, pero aquí ésta no te serviría de nada. Aquí mueren los valientes y los cobardes; mueren en un agujero sin la menor posibilidad de defenderse. ¡Oh, si alguna vez hubiésemos tenido municiones «sólo» para quince días! Entonces nos las habríamos prometido muy felices. Mi batería dispone todavía de 26 obuses; esto es todo y ya no nos llegarán más. Tú eres también uno de los prosélitos y ahora puedes echar tu discursito. Puesto que estamos todavía bastante cerca unos de los otros tenemos aún el pulso un poco normal y una docena de cigarrillos; anteayer tuvimos una sopa y hoy hemos «conquistado» un jamón en intendencia (no queda ya nada que marche con regularidad y tenemos que abastecernos nosotros mismos); nos metemos en un sótano y quemamos muebles, tenemos veintiséis años y ya no somos tontos; nos entusiasmábamos frenéticamente, en tiempos, con las charreteras y rugíamos con vosotros «Heil, Hitler!» y ahora nos vemos en la disyuntiva de reventar o ir a Siberia. Y esto no sería lo peor, pero cuando se tiene la certeza de que todo esto acontece por una causa totalmente absurda, se le sube a uno la sangre a la cabeza.