Las ultimas cartas de Stalingrado
Las ultimas cartas de Stalingrado Hace una hora me preguntaba un camarada de refugio, un capitán, si no había oído decir que habíamos roto el frente ruso en el sector norte. ¡Como si esto pudiera cambiar la situación! Empujan por todas partes en el sector central y el ímpetu con que lo hacen hace pensar que buscan una salida. Pero no hay salida que se dé de acuerdo con nuestros deseos. El miedo les priva de la reflexión y del claro entendimiento en la misma medida en que hace presa en ellos. Y ni siquiera se dan cuenta de lo poco viril y ridículo de su comportamiento.
Mi campo de visión alcanza sólo hasta un límite de cien metros y puedo ver, poco más o menos, un centenar de hombres. Cobardes todos. Con frecuencia baja alguno de ellos de una loma resbalando de culo o viene renqueando de la línea de fuego; y cuando se huele lo que aquí ocurre, sacude la cabeza extrañado. Con esta gente no podemos ganar ninguna guerra y menos ésta. Está bien que el frente se comporte de distinta manera que este grupo inconsolable de confusos estados mayores que ejercen las funciones más dispares. Me pregunto qué papel me corresponde desempeñar a mí, en realidad. Yo ahora soy valiente o como se llame. ¿Lo soy porque no corro como una gallina asustada de un lado a otro ni voy apresuradamente de nido en nido cacareando? ¿Lo soy porque no recojo ni propago ninguna habladuría, porque de noche puedo dormir tranquilo y no hablo con nadie de lo que voy a hacer al día siguiente?