Ollantay
Ollantay RUMI-ÑAHUI, fugitivo.
¡Ay, Rumi, Rumi, Rumi-Ñahui mísero!
¡Cuán enorme peñón te iba a coger!
Su ruido aún suena como canto lúgubre,
que de pavura me hace estremecer.
Hasta ahora siento conturbarse mi ánimo
por la emboscada que me supo armar;
mi arrojo y mi valor fueron inútiles;
no lo pude del valle rechazar.
¿Las insidias de Ollanta y alma pérfida
no eran ya conocidas para mí?
¿Cómo, si quise rechazar su ejército,
a ardides semejantes no acudí?
De los cobardes todos es el único
que de valor demostraciones da.
Si no tiendo a mis pies tantos cadáveres,
tal vez entre ellos me contara ya.
Solo así me he librado. Suponíame
que ese hombrecillo fuera un fanfarrón;
así es que el valle recorrí buscándolo,
para empeñarlo en singular acción.
Pensaba yo que fugaría viéndome;
y apenas en su campo penetré,
por todas partes con fragor horrísono
peñas y galgas arrojar miré.
¡Oh!, las piedras que lanzan esos bárbaros
a un ejército pueden sepultar;