Ollantay

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ESCENA IV

RUMI-ÑAHUI, fugitivo.

¡Ay, Rumi, Rumi, Rumi-Ñahui mísero!

¡Cuán enorme peñón te iba a coger!

Su ruido aún suena como canto lúgubre,

que de pavura me hace estremecer.

Hasta ahora siento conturbarse mi ánimo

por la emboscada que me supo armar;

mi arrojo y mi valor fueron inútiles;

no lo pude del valle rechazar.

¿Las insidias de Ollanta y alma pérfida

no eran ya conocidas para mí?

¿Cómo, si quise rechazar su ejército,

a ardides semejantes no acudí?

De los cobardes todos es el único

que de valor demostraciones da.

Si no tiendo a mis pies tantos cadáveres,

tal vez entre ellos me contara ya.

Solo así me he librado. Suponíame

que ese hombrecillo fuera un fanfarrón;

así es que el valle recorrí buscándolo,

para empeñarlo en singular acción.

Pensaba yo que fugaría viéndome;

y apenas en su campo penetré,

por todas partes con fragor horrísono

peñas y galgas arrojar miré.

¡Oh!, las piedras que lanzan esos bárbaros

a un ejército pueden sepultar;


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