Ollantay
Ollantay Ollantay: ¡Rey ilustre!, tú sabes que desde mi juventud estoy ligado a ti y siempre te he considerado como a mi querido amo y señor. Imitándote, mis fuerzas han llegado a ser mil veces más grandes, y mi frente se ha bañado en sudor con frecuencia en tu servicio. Enemigo encarnizado de tus propios enemigos, los he aniquilado. Cuando me encuentro entre mis bravos andinos, todos me temen. ¿Hay un sitio en que su sangre no haya corrido a torrentes? Mi nombre solo los oprime como una cuerda al cuello. He arrastrado a tus pies a todo el PaÃs-Alto, multitud de yuncas han llegado a ser los humildes siervos de tu casa. He llevado el incendio a los chancas y les he cortado las alas; mi brazo ha aplastado al poderoso HuancaHuillca. En todos los combates marchaba a la vanguardia. Y de ese modo, ya por la astucia, ya por la ira, vertiendo sangre e inmolándolo todo, te he hecho dueño absoluto de todos. En cuanto a ti, padre mÃo, has armado mi brazo del «champi» de oro y colocado sobre mi cabeza el casco, de oro también. ¿Por qué me has sacado de mi condición oscura? Estas armas preciosas y todo mi ser te pertenecen. Mi persona está consagrada a tu servicio. Es cierto que me has colocado a la cabeza de la provincia de los Andes, haciéndome jefe de cincuenta mil guerreros. Pues bien; los Andes, sus guerreros, sus jefes y mi persona, los pongo a tus pies humildemente para implorar de ti un favor supremo. Elévame un grado más aún. Mi puesto está en tu hogar; mi vida entera es tuya. (Se arrodilla). ¡Concédeme a Estrella! ¡Iluminado por esta luz suave, y fuerte con tu protección, más fiel que nunca, mi dicha será morir por ti!