Robin Hood

Robin Hood

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Los gritos de los doloridos, los caballos alcanzados por las avispas armaban una confusión infernal corriendo de un lado para otro y rompiendo cuanto encontraban a su paso, incluso lastimando a los hombres que rodaban por tierra hiriéndose con sus propias armaduras, el ruido de éstas al dar contra el suelo o chocar entre sí dos hombres, las blasfemias de los heridos y las órdenes de los jefes de armas y el estrépito de todo lo que la loca carrera de hombres y caballos echaba por tierra, sembró un caos de tal naturaleza que aquello más parecía una jaula de locos furiosos que el patio de un señorial castillo.

Rogelio el Cruel, en una carrera ganó sin quererlo, una de las rampas interiores que llevaban a la altura de las almenas, y al llegar al tope, y precisamente al pasar por entre dos torrecillas, oyó el característico zumbido de una flecha que fue a dar muy cerca de Isambart de Bellame, al término de su trayectoria.

—¡Atacados! ¡Atacados por la banda de Robin Hood! —gritó Isambart al ver caer la flecha—. ¡Levantad el puente!

Pero los hombres estaban demasiado apurados con las nubes de avispas que revoloteaban en torno a sus cabezas para hacer caso de órdenes que ni siquiera oían.


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