Robin Hood
Robin Hood —¡Sà que fue un golpe de audacia! Bien —añadió—, cuando penséis atacar, iré con vos a la poterna o dirigiré el asalto por el rastrillo, como lo dispongáis…
Robin contempló la poderosa armadura del caballero y su indiscutible aspecto de guerrero y decidió:
—PreferirÃa que mandaseis el ataque por el puente…
—Ni una palabra más —terminó el misterioso aliado—. Ahora me echaré a descansar, pero ¡vive Dios que me habéis dado qué pensar, caballero Robin Hood! Algún dÃa conoceréis mi nombre, por supuesto, y os asombrará saber quién os ayudó a dar a Isambart de Bellame el castigo que se ha ganado.
Y dejando a Robin pensando en el significado de lo que le acababa de decir, se retiró un poco del grupo y se sentó en el suelo apoyándose contra un árbol en la forma que halló menos incómoda para poder dormir breves horas, ya que sin sacarse la armadura no podÃa aspirar a nada parecido a la comodidad.
Robin quedó solo y el pensamiento del amargo trance que en esos momentos estarÃa pasando su Mariana en el terror de hallarse en manos de Isambart pronto le borró de la mente al excelente y misterioso caballero normando que tan dispuesto estaba a hermanar sus armas con las de los bandidos de la selva…