Robin Hood
Robin Hood Robin llegó al camino de Nottingham por un atajo y no vieron sus hombres ningún rastro de que hubieran pasado todavía por allí el sheriff y sus esbirros. La suerte lo ayudaba otra vez.
Colocó a su gente estratégicamente y esperó con la paciencia que sólo tienen para esas esperas los buenos cazadores.
Estaba su ánimo trágicamente decidido a arrancar a su hombre de las manos del pequeño tirano del condado. Por fin, oyeron el inconfundible rumor de las caballerías en el suelo y los ruidos metálicos de las armaduras… Apareció la tropa, comprobando Robin la veracidad de las informaciones de su hombre; ahí venía el pobre John, arrastrado por el caballo del sheriff, al que seguían unos cien hombres, fieramente orgullosos de su conquista…
El «pequeño John», fatigado y mal herido, casi no podía caminar… Al ver eso Robin, en un movimiento instintivo de furor, disparó una flecha que se clavó violentamente en la cabeza del caballo. Por lo menos, el pobre John no estaba obligado a seguir caminando.
Junto con el caballo cayó el sheriff, que se puso en seguida de pie y armando su arco gritó:
—¡Una emboscada! ¡A ellos! ¡Cinco monedas de oro por cada captura!
Robin vio que las fuerzas estaban equilibradas en número y pensó que tenía ganada la partida.