Robin Hood

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XXIII. La muerte de Mariana

Nos hallamos al día siguiente en la selva de Sherwood. Los proscritos acababan de comer opíparamente, como era su costumbre, y el fraile Tuck, más gordo y más alegre que nunca, se estaba diciendo que si sólo hubiera bebido dos litros menos de cerveza con el asado de venado, el «pequeño John» no lo hubiera podido vencer ese día en el encuentro de boxeo que acababan de tener.

Al atardecer llegó al valle Guillermo el Mercachifle, viejo amigo de la banda, y que de cuando en cuando les traía algunas mercaderías y, sobre todo, las noticias que sobre ellos circulaban por las ciudades. Esta vez Guillermo no venía solo: lo acompañaba un desconocido con un atado al hombro y a cuya vista el «pequeño John» dio un paso adelante.

—¿Qué es eso, Guillermo? —preguntó John—. ¡Bien sabes que ningún desconocido debe ver la senda que trae hasta aquí!

—Pero, mi amo —protestó Guillermo—, éste es un hombre honesto y admirador de la banda.

Trae una infinidad de cosas raras y preciosas, dagas árabes, un cuchillo de caza que usó el sultán de Siria, remedios, adornos, tapices de Asia, dijes y muchas otras cosas más. Es persona de toda mi confianza y un hombre bueno a carta cabal…


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