Robin Hood
Robin Hood Esa tarde el «pequeño John» no se movió del lado de la cama de Robin. A veces el enfermo le hablaba serenamente de los tiempos pasados, y a veces deliraba, creyéndose en Sherwood, rodeado por todos los muchachos y teniendo al lado a su adorada Mariana. Hacia el atardecer durmió un rato, y cuando despertó vio pegado a su cama, al «pequeño John», y sonrió con una suave sonrisa…
Le habló:
—John, ahora iré junto a mi dulce Mariana, pues ella ha venido a verme y me dijo… me dijo que… No, no puedo contar todo lo que me dijo, pero alcánzame mi arco y una flecha…
John le alcanzó el arco y Robin, haciendo un esfuerzo, lo armó. La ventana estaba abierta y, sentándose en la cama, apuntó hacia las copas de los árboles que rodeaban el convento.
Disparó la flecha en el vacío más allá de los muros…
—Ahí —dijo cayendo sobre la cama—, ahí quiero que me entierres, «pequeño John», donde los verdes árboles mueven sus ramas y los pájaros cantan al llegar la primavera… Ahora dime adiós, pues me quiero ir… ¡Mariana…! ¡Mariana!