Robin Hood

Robin Hood

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—Amigos, entre nosotros no hay ningún esclavo; todos somos libres y cada uno de nosotros tiene una afrenta que vengar o un bien con cuya reivindicación sueña. Para ello nos constituiremos en banda, y nuestra misión primordial será la de hostigar a los nobles felones en toda forma, despojarlos de sus bienes, a ellos y a sus administradores, hombres de Iglesia y sheriffs y ayudar a los pobres que fueron despojados de esos bienes, devolviéndoles lo que es suyo. ¡Guerra al normando! ¡Guerra sin cuartel! ¡En toda forma y en todo sentido! Pero, por el amor de Dios y de la Virgen, que ninguno de nosotros dañe jamás a un pobre, a un hombre humilde, a un niño y, sobre todo, a una mujer de cualquier condición que sea.

El tono perentorio que usó Robin y la energía de carácter de que sus camaradas lo sabían poseedor, hizo que el pequeño discurso se convirtiera, en el ánimo de éstos, en fuerza de ley. Los secuaces juraron cumplir fielmente con los deseos de Robin, y así quedó constituida una valiente banda de hombres justos y buenos que deberían obrar al margen de la ley, injusta y criminal pero que al fin, es ley.

A los pocos días de su instalación hallábase la banda con su jefe en el camino de Nottingham en busca de caza, cuando acertó a pasar por allí el prior de la abadía de Newark, cuyas tierras acababa de vender, y que se trasladaba con sus curas a otro convento.


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