Robin Hood

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IV. Palos y amigos nuevos

Robin Hood salió de Nottingham con el convencimiento de que debía internar a sus hombres todavía más en las reconditeces de la selva de Sherwood, ahora que sabía con certeza que Guy de Gisborne había comenzado su búsqueda. Debía precaverse también contra algún posible «francotirador», ansioso de cobrar la recompensa ofrecida por su cabeza, cifra fabulosa para aquellos tiempos.

A pesar de los peligros que preveía, marchaba silbando alegremente al encuentro de su gente, pues habiendo abandonado tan prematuramente su granja, después de la batalla con Gisborne, había puesto muchas horas entre él y sus perseguidores.

Tenía tiempo, entonces, para buscar con calma un mejor refugio que el elegido en el primer momento.

Llegado al sitio donde había dejado a sus hombres con el alfarero, narró a aquéllos su aventura y devolvió al comerciante las ropas, el carro y el caballo, con lo que se ganó las bendiciones del pobre hombre que había realizado, sin el menor esfuerzo, un pingüe negocio.


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