Robin Hood
Robin Hood Al levantar la pierna por encima del anca del animal para bajarse, un flechazo, que nadie alcanzó a ver de dónde había partido, dio tan reciamente contra el peto de su armadura que, debido a la mala posición que en ese instante tenía, lo arrojó al suelo.
Trató de levantarse haciendo un esfuerzo mientras daba voces para que lo ayudaran; mas era inútil: su gente huía despavorida hacia los lindes del bosque, pues la flecha que acababa de dar contra él se estaba moviendo sola…
Gisborne la recogió y vio que atado a un extremo tenía un fino, casi invisible, cordón de lino cuya otra punta se perdía en las profundidades de la selva. Sin titubear, se apoderó fuertemente del cordón, al tiempo que gritaba a sus hombres:
—¡Volved, cobardes! ¡Esto no es sino una trampa, y al final de este cordón hay un malandrín que apresaremos!
Con esta esperanza corrió todo lo ligero que se lo permitía la pesada armadura hacia el otro extremo del cordón, sin darse cuenta de que Robin —pues ya se habrán percatado nuestros lectores que el autor de la broma no podía ser otro más que él— ya lo había abandonado para ponerse a buen recaudo.