Robin Hood

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VI. El triste regreso de un guerrero

A fuerza de energía, y echando mano de sus condiciones de mando, Guy de Gisborne pudo rehacer a su dispersa compañía. El hombre estaba furioso y se sentía ridiculizado.

—Esto ha sucedido por haberos asustado de una banda de locos que se fugó en cuanto vio que íbamos a hacer uso de nuestras armas. Si no hubiera sido por eso, y de habérmelo yo propuesto, les hubiera dado caza. Pero ahora nos dedicaremos con ahinco a su persecución, y no les daremos tregua.

Algo reanimados, algunos de los hombres del normando se dispusieron a cruzar el arroyo e intentar la búsqueda de Robin Hood, pero éste y el grueso de sus compañeros estaban conversando animadamente, mientras comían y bebían a la salud del mayordomo y señor Guy, a no más de una milla del sitio que había resultado catastrófico para la dignidad del barón.

Durante toda la tarde, Guy de Gisborne y su gente habían buscado en vano una huella humana que pudiera revelarles el escondite del proscrito. Ya anochecido, reunió de nuevo a su gente, e improvisando una pequeña arenga tranquilizó un poco el ánimo de sus pusilánimes guerreros después de la cual los invitó a que comieran lo que habían podido salvar de las aguas del arroyo.

Cuando los vio en mejores condiciones de belicosidad, les dijo su plan:


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