Robin Hood
Robin Hood Esos soldados difundieron el furor que se apoderó del padre Hugo al conocer el desastre del pequeño ejército que Bellame le había prestado; contaron también que éste último había maldecido y echado denuestos y blasfemias hasta quedarse ronco, mientras Guy de Gisborne, prudentemente y con el pretexto de curarse inexistentes heridas, se quedaba quietecito en su granja, esperando que pasara la tormenta…
Pero desde Newark hasta el sur de Sheffield y fuera de los límites del condado de York, las gentes se narraban con hilaridad la aventura de un terrible cuerpo de hombres de guerra saliendo en comitiva carnavalesca de la selva de Sherwood, maniatados, desnudos y hambrientos, con las espaldas gachas soportando el peso del ridículo, arriados como carneros por el látigo de un hombre cuya cabeza tenía un precio en dinero, como las de los criminales…
Al difundirse esta aventura, la fama de Robin creció en tal forma que no había en la región hombre joven que no aspirara a formar parte de su banda. Pero nuestro hombre, que no se hacía ninguna ilusión respecto al valor de ciertos entusiasmos, no aceptaba a todo el que se le ofrecía.