Robin Hood

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VII. Robin, rey de Sherwood

Sin contar con el cierto temor que las andanzas de Robin causaban a los viajantes que ignoraban el verdadero espíritu de la acción que movía a éste y los suyos, cuando alguien debía trasladarse por ciertos caminos, máxime cuando llevaba valores y viajaban mujeres, era costumbre de aquellas épocas hacerse acompañar por algún hombre de armas, suerte de oficio que no desmerecía por el hecho de ser pagado en dinero, aunque el que lo desempeñara fuera un caballero obligado a ello por la necesidad. Había quien tenía eso organizado y, cobrando un poco más caro, montaba toda una custodia de varios hombres armados, servicios que solían pagarse los mercaderes ricos o las comunidades que debían trasladarse de convento o sede.

Poco tiempo después de la aventura del bosque, que aplicó tan rudo golpe al orgullo de Guy de Gisborne y aumentó el odio de Hugo de Rainault contra Robin Hood, salía una mañana nuestro héroe y su alegre banda a vigilar los caminos adyacentes a la selva, en cuyo corazón tenían su morada, cuando en la vía que iba de Mansfield a Nottingham vieron avanzar, en dirección a esta última ciudad, una pequeña caravana formada por un par de ricos comerciantes que viajaban bajo la protección de un caballero y unos pocos hombres más.


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