Robin Hood
Robin Hood Con la sangre helada en las venas, los comerciantes y sus protectores se detuvieron en seco. Pero el jefe de la escolta no estaba hecho con la madera con que se hacían los cobardes y, sin aviso previo, disparó una flecha con tan certera puntería que dio contra la impenetrable coraza de Robin. Acto seguido, el caballero avanzó con su caballo hacia el proscrito, que seguro dentro de la armadura de la que había despojado a Guy de Gisborne, desmontaba tranquilamente y esperaba, a pie firme y con la espada en la mano, la embestida. Cuando el caballo estuvo cerca, y en el instante en que el jinete se disponía a arrollar a Robin, éste dio en el hocico del animal un terrible golpe, con lo que consiguió que la noble bestia se levantara sobre las patas de atrás. Tomado desprevenido, el caballero sólo atinó a dar a las riendas un fuerte tirón, que hizo que el caballo cayera hacia atrás, arrastrándolo consigo. Al levantarse, el caballo salió disparado a todo galope, mientras el caballero quedaba desvanecido entre los árboles.
Un poco por asegurar la impunidad de los movimientos de su jefe y otro poco para atemorizar a los guardias de los comerciantes, los hombres de Robin habían rodeado el lugar, haciendo ostentosa exhibición de sus armas.