Robin Hood
Robin Hood Al mediar el día siguiente, Robin salió con John, «el pequeño», y Much en busca del ermitaño, que tan simpático se le había hecho a través de las descripciones del mercader.
Mucho tuvieron que andar antes de llegar a las cercanías de la Abadía donde ejercía su autoritarismo Hugo de Rainault. Pasaron a su lado escondiéndose entre los árboles, pues los guardias de la Abadía vigilaban muy celosamente los terrenos adyacentes a ella. Pero, sin tropezar con nada desagradable y sin ser avistados, pronto llegaron al arroyo, cuyo curso, como le había informado el mercader, debían seguir unas tres millas hasta dar con el sitio en que tenía su paradero el extraño fraile.
Antes de lo que esperaban, se dieron de boca con el hombre en cuestión, que, como se lo habían pronosticado, estaba saboreando las carnes asadas de un tierno ciervo de cercado ajeno…
Rara por demás fue la manera que usó Robin para establecer relaciones con el discutible ministro del señor, como veremos.
Hizo que sus acompañantes se escondieran para que el fraile creyera que estaba solo, y avanzó hacia él empuñando su espada. El fraile lo vio llegar sin demostrar la menor sorpresa, pues siguió comiendo tranquilamente como si aún se hallara solo en todo el bosque.
