Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Querida amiga, no toméis a injuria mi conducta. Os revelaré un secreto que nunca confié a nadie. Desde hace tiempo, tengo en el costado derecho una dolencia que me tortura; hoy se ha reavivado el dolor: no me atrevo por ello a hacer el amor. No os molestéis, otro día será mejor.

—Mucho siento vuestro mal —responde Iseo—. En cuanto a lo demás me abstendré gustosa.

Pero cuando, a la mañana siguiente, sus doncellas le ajustaron la cofia de las mujeres casadas, sonrió tristemente y pensó que no le correspondía tal adorno.

Allá en Cornualla, la reina Iseo suspira por su amigo al que tanto desea. No tiene otra voluntad, otro pensamiento, otro amor, ni otra esperanza. Hace tiempo que no recibe noticias suyas. Ignora en qué país está y si vive o si ha muerto.

Un día estaba sola en su cámara y se entretenía componiendo su bello lay sobre la triste historia de Guirón que murió por su amor. Contaba cómo los sorprendió el marido celoso, lo mató y dio a comer a su esposa el corazón de su amigo y el sufrimiento de la dama. Iseo cantaba con voz dulce y se acompañaba con el arpa.

En tanto, llegó Andret, que muchas veces merodeaba alrededor de la reina desde que Tristán se había alejado del país.


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