Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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¡Señores! ¡Escuchad la triste desventura que siempre sobrecogerá a los que saben amar: nunca destino ni amores fueron tan desgraciados! Tristán espera impaciente a Iseo. La reina querría llegar sin tardanza junto a él. La nave avanza rápidamente. Se aproxima a las costas: ya se ve tierra; todos se felicitan de la buena travesía. Kaherdín prepara la vela blanca para atarla al mástil. De repente, el cielo se oscurece, el aire se turba y se levanta un gran viento del sur que azota por medio a la vela. La nave interrumpe su marcha y gira sobre sí misma. Los marineros corren a barlovento y cambian de dirección a la vela: por más que deseen avanzar tienen que cambiar de rumbo y retroceder. El tiempo empeora, aumenta la tempestad, la lluvia y el granizo caen sobre la cubierta, las olas agitadas por el viento se alzan hasta el cielo para hundirse después en el abismo. El huracán se desencadena, rompiendo obenques y bolinas. Los marineros abaten la vela, toman los remos y navegan de bolina, luchando contra las olas y el viento. La chalupa que habían echado al agua al divisar la costa vuela en pedazos. Tan violenta es la tormenta que los más experimentados marineros no logran mantenerse en pie. Todos se desesperan y lamentan. La angustia y el temor atenazan sus miembros. En vano intenta Kaherdín calmar a sus hombres. Iseo llora y se atormenta:



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