Tristan e Iseo
Tristan e Iseo El rey tenía entonces unos cuarenta años. Era alto, fornido, fuerte y bien plantado, de mirada fiera y altiva, de porte majestuoso. Vestía un manto bermejo y ceñía corona de oro adornada con pedrería. Era gentil, cortés y dadivoso. ¡Nunca se vio rey menos tacaño! Tan limosnero era que no pasaba semana sin que regalase corceles, palafrenes, mantos de escarlata bordados y ricos pellizones. No pasó mucho tiempo sin que sintiese gran afecto por el noble extranjero. Tal vez fuese la voz de la sangre que lo inclinaba, sin saberlo, hacia él. Tres años vivió Tristán con el rey Marcos. Durante el día lo acompañaba a la caza. Marcos le había confiado sus aves cetreras, sus halcones, neblíes y sus gavilanes y el cuidado de sus arcos y aljabas. Le dio autoridad sobre sus chambelanes, sus mariscales, lacayos, cocineros y servidores. Todos lo apreciaban y admiraban.
Al caer la tarde, Tristán distraía las veladas del rey con su arpa o su rota. Sentado a sus pies sobre un tapiz sarraceno, cantaba lays y los acompañaba con sus manos finas, delgadas y blancas como el armiño. Marcos se complacía escuchando el bello lay de Gaelent, al que un hada había amado, o las desgraciadas aventuras de Dido, reina de Cartago, o la lastimosa historia de Píramo y Tisbe, que murieron por su amor.