Safari. A la caza de tu amor
Safari. A la caza de tu amor El resto del día transcurrió en un tenso equilibrio. Alonso le mostró cómo revisar los equipos, cómo identificar huellas de animales cercanos y, sobre todo, cómo estar alerta. Noa intentaba disimular su falta de interés, pero se encontraba asimilando más de lo que admitía.
Cuando cayó la noche, hicieron una última parada en un pequeño claro para cenar. El cielo estaba plagado de estrellas, y los sonidos de la sabana parecían más cercanos, más amenazantes.
—¿Alguna vez te cansas de esto? —preguntó ella, señalando el horizonte oscuro.
—¿Cansarme de qué? —respondió Alonso, mientras masticaba un trozo de carne seca.
—De la soledad, del peligro… de todo.
Él la miró por un momento, sus ojos brillando bajo la tenue luz de la luna. —Hay belleza en lo que no puedes controlar. Es lo único que aquí te mantiene vivo.
Noa bajó la vista, incómoda ante la intensidad de sus palabras. Por primera vez desde que llegó, algo en ella comenzó a cambiar, aunque no estaba lista para admitirlo.
La chispa de respeto creció en silencio, como una brasa escondida entre cenizas. Pero aún quedaban muchas llamas por avivar.
