Alcoholes

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Aquí tiene mi entera confesión, Madeleine. Usted ha leído, y a mí también me gustan esos versos que yo estaba olvidando, pero Le Journal de ayer y de anteayer me los ha recordado: mis versos, seis piezas cortas creo, escritos en la prisión de la Santé en 1911. Seguro que ud. conoce la historia. Yo había recogido en 1911 a un muchacho inteligente pero alocado y sin escrúpulos —más que malo, infeliz[230]— y a saber en qué se habrá convertido hoy. En 1907 ese muchacho había robado en el Louvre dos estatuas hispano-romanas que luego vendió a Picasso, gran artista pero sin ningún escrúpulo y cuyo nombre gracias a mí no fue pronunciado en aquel asunto. Yo intenté —ya no estamos en 1911 sino de nuevo en 1907 y en 1908— persuadir a Picasso para que devolviera esas estatuas al Louvre, pero sus estudios estéticos le apremiaban y de ellos nació el cubismo. Me dijo que las había destruido para descubrir ciertos arcanos del arte simultáneamente antiguo y bárbaro al cual respondían. Sin embargo yo había hallado la forma de que se desprendiese de ellas sin que peligrara su honor. Mi amigo Louis Lumet, inspector de Bellas Artes a quien le conté el asunto, había pensado apoyar esta buena obra realizando una divertida proeza periodística simulada. Se trataba de proponer al Matin que demostrase al público que los tesoros del Louvre estaban mal guardados robando primero una estatua —gran escándalo— luego otra —otro gran escándalo—. Así el asunto no podía tener ninguna consecuencia. Pero Picasso quería quedarse con las estatuas. En 1911, el ladrón cuyas aventuras airearon suficientemente los periódicos, por lo que desde entonces me guardo muy mucho de pronunciar su nombre, el ladrón, o más bien el héroe, volvió. Por entonces se hablaba mucho de El Heresiarca y Cía. que a finales de 1910 había obtenido el mayor número de votos en el premio Goncourt y no perdió[231] —injustamente por otra parte— con el apoyo de Judith Gauthier, Léon Daudet y Elémir Bourges que habían votado a favor y con el apoyo incluso de Mirbeau, de los dos Rosny y de Paul Margueritte que no leyeron el libro sino después de la votación, se lo han dicho varias veces a Elémir Bourges que era el padrino del libro y sin duda el único artista de esa Academia. Por cierto que el que recibió el premio que me correspondía fue asesinado no hace mucho: Louis Pergaud con un libro titulado De Goupil á Margot. Lea ud. los dos libros y dígame su opinión. Así pues, como le he dicho, el héroe de las estatuas volvió a visitarme, venía de América forrado de dinero que había perdido en las carreras y cuando se quedó sin un céntimo robó otra estatua. Y yo para salvar al pobre desgraciado le acogí de nuevo, intenté hacerle devolver la estatua, pero no me hizo caso, tuve que ponerle de patitas en la calle con la estatua. Pocos días después robaron La Gioconda. Pensé como lo pensó la policía que la había robado él. En resumen, no había sido él pero vendió la estatua a Paris-Journal que la restituyó al Louvre. Fui a ver a Picasso para decirle cuán desafortunado había sido su gesto y los riesgos que corría. Y me encuentro con un hombre desesperado que confiesa haberme mentido, que las estatuas estaban intactas. Afortunadamente le convencí para que fuese a devolverlas pactando en secreto a Paris-Journal, y me hizo caso. ¡Gran escándalo! El infeliz ladrón viene a verme y me suplica que le salve. Le embarco en la estación de Lyon con algo de dinero para completar el viático que le había sacado a Paris-Journal. Allí me detienen pensando que yo sabía dónde estaba La Gioconda ya que había tenido un «secretario» que robaba estatuas en el Louvre. Reconozco haber tenido el «secretario» pero me niego a entregarle, me interrogan, me amenazan con indagar en casa de todos los míos. En fin, una situación ridícula y terrible a la vez. Finalmente para evitar problemas a mi amiga, a mi madre, a mi hermano, me vi obligado a contar no el papel de Picasso sino que habían abusado de su confianza y que él no sabía que las antigüedades que había comprado pertenecían al Louvre.


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